la verdad tiene colores a los que nunca he visto desnudarse
la poesía es mi única
llevo días queriendo contarte del fantasma que había visto mi tía. tal vez la madre de su madre, bisabuela mía, con un traje amarillo transparentándose en la noche, con botones en el pecho y un cuello redondo con encajes. el fantasma de la bisabuela cargaba una canasta y recogía del piso semillas de café. nadie sabía cómo habían llegado las semillas al palmar de su memoria. mi tía era la única que la había visto. aseguraba que la vieja transparente tenía una sola lupa correctora en el ojo izquierdo y que se le había aparecido para darnos un mensaje. ella, mi tía, era nuestra intérprete. en casa todos desconfiaban de sus certezas esotéricas. la daban por loca. nuestros pies sobre la tierra nos aseguraban que los fantasmas no existen. pero dos de nuestras tías abuelas más queridas se habían conmovido tanto con el cuadro: titi biba no dudó en decir que ese fantasma era su madre. titi ada había dicho que con ese mismo traje amarillo era que la habían enterrado. abuela, lo más racional que pudo, afirmó relativamente que el traje parecía ‘de antes’, que tal vez. mi tía había pintado el cuadro a regañadientes, bajo el ojo burlón de su marido y sus hijos, de su hermana mayor, su hermano menor, primitos y sobrinos. ella se emocionaba mucho cuando hablaba del fantasma. la verdad es que me conmovía. incluso me atrevo a decir que a veces, cuando sentía ganas de escucharle, mi tía hasta lograba convencerme. era de noche, la vieja se le había aparecido en una curva de cupey cerca de su casa. se inclinaba para recoger del suelo algún objeto que guardaba sistemáticamente en una canasta. ella le había tomado una foto opaca y borrosa, que luego reveló con sus acrílicos. lo que nadie se explica es de dónde salía el café si en el cuadro la vegetación de fondo parece un palmar, o, en todo caso, en cuál carretera de cupey hay tanta palmera. ahora mi tía se empeña en vender el cuadro, lo único que queda de esa bisabuela que nunca conocimos. pa Xavier, por tanto desencuentro
teníamos la costumbre de perdernos
aunque hubiera un compromiso previo y una cita
en San Juan era tan fácil distraerse
cambiar el rumbo, modificar los planes
podía ser que estuviera sola
que no encontrase casualmente ni a un amigo
que mirara con curiosidad los gatos
que preguntase direcciones a los deambulantes
y en vez de mapas, números y puertas
me devolvieran los pantanos arenosos
de su historia solitaria
siempre transeúntes
siempre solos y a punto de llorar
podía ser que quisiera sentarme en un peldaño
esperando una llamada que no recibiría
las líneas telefónicas nos fallan siempre, chico
la comunicación conspira
hoy no había que vernos
nubes grises
en el fondo de los ojos
no hacían falta ensayos
ni lecturas en voz alta
teníamos que perdernos
solamente solos
sabiéndonos perdidos
sabiéndonos cercanos
tal vez en la otra calle
deteniendo el tráfico apretado
con estos pasos solos
mirando perros satos
mearse en las esquinas
y estábamos tú y yo también marcando un territorio
podíamos
ser dueños de tanto pensamiento
comprar lotes vacíos
invadir las azoteas
escribir de soledades en los muros centenarios
de estas callecitas que no eran nunca de ninguno
tú y yo solos solamente solos uno a uno
mañana no íbamos a estar aquí tampoco
la cita verdadera era el poema
que no sabía de horarios ni cuadrículas ni mapas
[foto: Nicole Cecilia Delgado 7/30/2006 VSJ, luz natural]
