12.5.05

Luis y el gris

(este cuentito lo escribí en Cuba para un ejercicio de un taller. me tocaba entrevistar a un compañero que acababa de conocer y escribir algo sobre él para presentarle al grupo al día siguiente. Luis no es un tipo triste, al contrario... era el más ruidoso y más payaso. esta anécdota me pareció hermosa, precisamente por el contraste con sus chistes y su buen humor.)

Uno, dos, tres, diez, veinte, cuarenta pasos. Lo recorrió de lado a lado, cinco veces, con los ojitos desorbitados, queriendo sumergirse en las inmensas gradaciones monocromáticas. Aún no tenía muertos propios en la memoria, pero ese mar de grises rectilíneos le imprimió una profundidad desconocida a su mirada de ocho años. Era por lo menos ochenta veces más grande que él y sin embargo sentía con aquel cuadro una empatía ingenua y natural. Nunca había visto nada tan grande dentro de un cuarto y sin embargo, a veces soñaba que podía haberlo pintado él con sus acuarelas del círculo infantil. Había quedado marcado por sus formas, por sus siluetas, por sus texturas planas, por los drásticos cambios de luz.
Con el tiempo olvidó por qué, pero cada vez que tomaba un lápiz en la mano se sorprendía dibujando toros desmembrados, bombillas rotas, ventanas apagadas, relinchos estridentes de caballo y gritos de mujeres con hijos muertos. No sabía de guerras civiles, mucho menos de Franco en el ’39. El País Vasco nunca figuró en las lecciones de historia colonial americana que le daban en la escuela. Sabía poco de arte pero intuía que las líneas rectas y gruesas tenían una fortaleza histórica que dejaba moretones imborrables en la memoria colectiva.
Por eso mamá ponía el grito en el cielo si le daba con pintar paredes. Desde aquel viaje familiar a Madrid, Luis despreciaba el tamaño de las hojas de papel de sus cuadernos. Escribía en el suelo de su cuarto, en el techo de la casa. Lo más que disfrutaba era pintar con tiza blanca en el asfalto de la calle el registro de todos los animales de sus visitas al campo.
La intuición del cuadro era lo único que le había quedado de aquel viaje. Sólo lo reconoció a conciencia en secundaria, cuando la profesora de arte le enseñó sobre Picasso y las vanguardias europeas, tan ajenas a su clima tropical. En la adolescencia jugó fútbol verde y amarillo. Un verano se enamoró del rojo en una excursión a California. Creía ciegamente que lo intenso de las cosas se encontraba solamente en los tonos más vivos de a rueda del color. Sin embargo, a partir de la experiencia del cuadro de Picasso todo lo abismal, todo lo profundo, todo lo inmenso era siempre ceniza, amarga y gris.

Nicole Cecilia Delgado
17.1.05

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